Myanmar: ¡gracias, gracias, gracias!

by • 12 diciembre, 2014 • Sin categoría • Comments (2)1604

Llevo todo el día pedaleando. Mi cuentakilómetros marca 118 y ya tengo las piernas algo cansadas, así que pongo en modo “on” el radar de buscar alojamiento en mi cabeza. Esta vez voy solo. Hay ocasiones en que uno necesita sufrir, pensar, disfrutar y decidir por su cuenta, sin consultar a nadie.

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Comienzo a buscar templos budistas a mi alrededor pero quizá no sea el mejor momento, me encuentro a la entrada de una ciudad bastante grande y, por lo general, suele ser más difícil que acepten. Se me sube la adrenalina como cada vez que entro en una ciudad, y con los cinco sentidos muy activos cojo buen ritmo hasta que logro atravesarla.

Al de poco, ¡una iglesia! Hacía tiempo que no veía una y pienso que es una buena ocasión para cambiar de tanta pagoda. Dentro, un hombre con un inglés muy aceptable me dice que no está permitido alojar a extranjeros y que podrían tener problemas si viniera la policía. La represión de la junta militar ha sido extremadamente dura durante las últimas décadas, llegando a arrestar a gente por alojar a extranjeros, cantar canciones prohibidas,…pero esto es algo que descubriría más adelante. Doy las gracias y me marcho antes de que anochezca.

Banderas Budistas en una pagoda

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A pocos metros de allí, otra pagoda. Entro, pregunto y salgo. Bastante cansado y prácticamente sin luz sigo mi camino. No pasa ni un kilómetro cuando me parece ver unas túnicas granates como las de los monjes colgadas al lado de un edificio, pero no estoy muy convencido ya que no llevo gafas y mi miopía se acentúa en la oscuridad. No veo tres en un burro vamos.

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Me acerco y estoy en medio de una gran cocina con unas 10 personas atareadas y concentradas en que los comensales del restaurante contiguo queden satisfechas. Pasan 15 segundos hasta que se percatan de que estoy allí y con señas consigo hacerme entender, más o menos. Llaman al jefe del restaurante.

Un señor delgadito y con cara de pocos amigos aparece en el balcón, obviamente con la falda tradicional (longy), como no podía ser de otra manera. Se me queda mirando extrañado pero yo no digo nada y nos quedamos mirándonos durante unos segundos, prefiero que sea él quien hable primero. Los cocineros le explican de donde vengo, a donde voy y lo poco que saben de mí. Sin dudarlo, el jefe me ordena que pase, esta noche seré su invitado.
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A los cocineros se les nota excitados de que un “farang” (ellos llaman así a los extranjeros, aunque a veces puede ser en modo despectivo) esté allí con ellos. No parecen haber visto muchos en sus vidas y están contentos de que les pregunte por la forma de cocinar, les saque fotos y poder prepararme la cena. Porque a la cena estoy invitado, lo dice el jefe.

Ceno arroz frito con verduras acompañado de unas bolitas de carne y tofu. Para acompañar una sopa y para beber coca cola. La ha traído el jefe, sin preguntar. Los comensales me miran como si fuera un extraterrestre y le preguntan al jefe que carajo hago allí. Yo estoy a lo mío que tengo hambre. Termino de cenar y el jefe me sube al segundo piso. Me enseña la habitación con más insectos que he visto en mi vida, pone una manta en el suelo al lado de una almohada y me hace señas de que puedo descansar y dormir ahí. También por señas me comenta que seremos 4 para dormir en la misma habitación, levanto el pulgar en señal de aprobación y le doy las gracias, “jeysutenbare”, esa me la sabía.

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Organizo mis cosas y saco el libro. Estoy leyendo “Días de Birmania” de Orwell, que viene que ni pintado para la ocasión. Me apoyo contra la pared y me quito la camiseta, el calor es sofocante. Entonces empiezo a notar saltamontes, moscas, mosquitos e insectos muy variados saltando por mi espalda, los brazos e incluso la cara. La mezcla entre sudor e insectos se hace bastante engorrosa ya que muchos de ellos se quedan atrapados al contacto con mi piel y luchan por liberarse.

Me agobio un poco e intento respirar profundamente para relajarme cuando oigo pasos por la escalera. El jefe sube con su hermano, se sientan los dos a mi lado y me piden que les enseñe el pasaporte. Ya empezamos, pienso yo. Comprueban la visa Birmana, me informan de que la policía está chequeando los hoteles de la zona y me preguntan si tengo algún problema legal. Les contesto que no, pero me levanto mientras les digo que no tengo problema en marcharme, no quiero causarles ningún problema. El hermano del jefe se levanta conmigo, me agarra del brazo y me dice que si yo no tengo problemas con la policía, por ellos no me preocupe, me puedo quedar. El jefe me mira con una mezcla de complicidad y precaución, se levantan ambos y antes de que comiencen a bajar las escaleras yo juego mi baza, “¿una mosquitera no tendréis verdad?”. Sonríen los dos y me facilitan una que me cubre por completo y me aísla de esos pequeños demonios.

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No pasa media hora hasta que me quedo dormido con el libro en el pecho. Me despierto a las 6 de la mañana y veo que está amaneciendo. A mi lado duermen el jefe, su hermano y otro trabajador, todos sin mosquitera. Eso si es ser valiente.

Bajo a pegarme una ducha y cuando salgo el jefe está preparando el desayuno. Huevos fritos, tostadas con mermelada y café. Yo aporto unos pastelitos que había comprado dos días antes en Ney Pyi Taw, la capital. No hablamos demasiado pero puedo sentir que la mirada de precaución del día anterior se ha tornado cariñosa y de aprecio. Terminamos de desayunar y me ofrece una bolsa con latas de refrescos, comida y 10.000 Kyats (10 euros). Rechazo el dinero pero cojo la bolsa para no faltarle al respeto.

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Monto las alforjas en la bici, nos sacamos una foto con su móvil y nos damos un fuerte abrazo. Le doy las gracias una y otra vez. Me apunta la dirección del restaurante en un papel y me pide que vuelva algún día. Salgo a la carretera, le doy las gracias una vez más y retomo mi camino hacia Yangón.
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Es totalmente anónimo. Gracias y un abrazo!