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Nuestro Caravanserai

by • 26 marzo, 2014 • Blog-esComments (2)1253

Isfahan es muy bonito y merece mucho la pena, es verdad. Pero como toda gran ciudad, está llena de tráfico, ruido, gente y sobre todo teníamos ese sentimiento de que todo cuesta el doble solo por estar allí. Me pasó en Estambul y me suele pasar en toda ciudad turística, me siento como un Euro andante del que todo el mundo intenta rascar lo que puede. Después de tres días allí, teníamos ganas de salir.
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Nuestro siguiente destino era Yazd, una ciudad más pequeña, muy bonita e igualmente turística, pero antes queríamos darnos un homenaje. Habíamos leído en la guía que 200 km al norte podríamos encontrarnos con el desierto de Garmeh. Un oasis idílico, camellos, tranquilidad…suponía dar más vuelta, pero ¡no nos lo podíamos perder!

Íbamos ya con la idea en mente y decididos a visitar Garmeh, cuando un guía turístico nos dió el alto en la carretera y sin ningún interés adicional, a parte del de ayudarnos, nos convenció para cambiar la ruta. Garmeh ya no es lo que era. Ni hay un oasis idílico, ni hay tranquilidad y solo hay dos camellos atados como atracción turística, nos dijo.

Con algunas provisiones y 7 litros de agua cada uno, cogimos la desviación a la derecha 18 km antes de llegar a Naein. De repente dejamos el tráfico y solo veíamos kilómetros de una superficie árida y alguna montaña. Antes de llegar a Varzaneh tomamos un caminito sin asfaltar hacia la izquierda y ya empezaba a oscurecer.
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A nuestra derecha podíamos ver una hilera de dunas de arena, símbolo de desierto, y yo, más que Hodei, quería subirme a una de ellas. Lo intentamos por distintos caminos, pero no hubo manera de llegar a ellas, un río nos cortaba el paso en todo momento. Acampamos al lado del río con unas vistas increíbles y preparamos té mientras montábamos la tienda de campaña, no olvidaré ese momento de felicidad.
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Al día siguiente salimos prontito empeñados en llegar a las dunas (cuando algo se nos mete en la cabeza…), sin ningún éxito. Lo que si nos encontramos fue un pozo, que hacía un ruido ensordecedor y utilizaban para regar unas huertas que tenían recién plantadas. El aldeano nos invitó a un té y repusimos todo el agua que habíamos gastado.
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Después de unos kilómetros arrastrando la bici por la arena, nos juntamos con la carretera que nos condujo directamente a unos lagos de sal. Desde la orilla pudimos recolectar varios trozos de sal y reponer la poca que nos quedaba. Sin duda una bonita experiencia, pero la gran sorpresa del día estaba por llegar.

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Habíamos hecho bastantes kilómetros y nuestras piernas empezaban a notarlos. Ya empezaba a caer el sol y nuestros radares mentales, para buscar un buen sitio donde acampar, se habían activado. Y entonces a lo lejos, como si fuera una alucinación, en medio de la nada…¡un Caravanserai abandonado!
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El guía nos había hablado de él, pero estábamos perdiendo la fe en encontrarlo. Cuando lo vimos se nos dibujó una gran sonrisa en la cara y fue como si el cansancio desapareciera de repente. Después de sacarle unas fotos y explorarlo de arriba a abajo, acampamos justo en el medio, al lado del pozo que todavía conserva su agua.

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Cocinamos arroz con verduras (incluidas unas berenjenas que habíamos encontrado tiradas en la carretera el día anterior) y disfrutamos del más absoluto silencio. A la mañana siguiente desayunamos en el tejado disfrutando los últimos momentos antes de marchar. ¿Habéis sentido alguna vez esa sensación de libertad, paz, felicidad y ese sentimiento de que todo es como debe ser?

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Nos costó bastante despedirnos de nuestro Caravanserai y pedalear después. Teníamos unos 140 km hasta Yazd, pero con las bajadas nos fuimos animando hasta tal punto que hubo un momento que decidimos que podíamos llegar ese mismo día. Llegamos de noche, cansados y entre tráfico y ruido, pero con gran satisfacción de haber llegado y todavía con el Caravanserai, Nuestro Caravanserai, muy presente.