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Última noche hacia el paraíso

by • 17 junio, 2014 • Blog-esComments (0)813

¿Cómo te imaginas tu última noche en India?

 

A nosotros nos daba igual como pasarla, simplemente contábamos los segundos para cruzar la frontera y llegar por fin a Nepal. Mucha gente se extraña cuando le decimos que no hemos disfrutado de India y que básicamente hemos escapado en linea recta del país. Nos hemos estresado mucho y nos ha faltado espacio para descansar tranquilos y estar a solas.

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A medida que nos acercábamos a la frontera Nepali sentíamos como la gente disminuía, son más tranquilos y el paisaje empieza a llenarse de ríos y una gama infinita de verdes. Disfrutábamos cada vez más y volvíamos a recuperar nuestra pequeña burbuja de intimidad que todo el mundo necesita.

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Pero entonces llego el último día:

– Tio, yo creo que mañana ya cruzamos, nos quedan 50 kilómetros para la frontera.

– ¡Por fin!

Decidimos buscar un lugar perdido entre huertas y campas para dormir. Nos daba un poco igual como pasar la noche, era la última en India y en Nepal nos esperaba el paraíso. Después de tomar unos cuantos caminitos de arena, a cada cual más pequeño que el anterior, y darnos cuenta de que no había manera de escondernos totalmente, apareció un anciano de unos 85 años con su cachaba y nos invitó a su casa a pasar la noche. Estaba allí mismo y no dudamos en aceptar.

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Su casa consistía en una cabañita de paja, con una cocina hecha de barro y rodeada de plantas de marihuana salvaje y arboles de mangos. Vivía con su perro Tiger.

Nos preparó un té riquísimo (quizá no el más higiénico que hemos tomado) y señalándonos una hamaca bajo un árbol de mangos, nos ofreció instalar nuestras tiendas donde quisiéramos.
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El sol dejaba paso a la luna, pero antes de cenar había que liberar la mente y abrir el apetito. Nuestro anfitrión y un amigo de la misma quinta, sacaron una pipa casera, unas hojas de tabaco seco, un trozo de estiercol y dos chinas de la resina que ellos mismos habían extraído de la marihuana. Goiz y yo alucinábamos.

Después de preparar la pipa, utilizaban el trozo de estiercol seco como combustible para mantenerla encendida. Se hicieron dos pipas que fumamos entre los cuatro mientras nos comunicábamos prácticamente por señas. Una vez terminadas, los cuatro nos tumbamos boca arriba y disfrutamos del silencio y de una luna llena que iluminaba más que nunca. Sobraban ya las palabras, aquello era perfecto.


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Deboramos medio kilo de noodles y nos fuimos a dormir. Aquella noche bien podía haber habido un terremoto, que ni Goiz ni yo nos hubiéramos despertado.

Y esta fue nuestra última noche antes de cambiar de país. No nos hubieramos imaginado un mejor final para India ni, tampoco quiero adelantar demasiado, un mejor comienzo para Nepal. Esto es definitívamente, El Paraíso.